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Ind.Nuclear: El miedo es mal consejero
Enviado el Thursday, 19 December a las 11:48:53 por Redacción

Ciencia y Tecnología La racionalidad exige disipar los temores y errores que rodean el Acuerdo de cooperación nuclear con Australia. Impedirlo es detener el desarrollo económico y científico argentino.
POR: Héctor Otheguy GERENTE GENERAL Y CEO DE INVAP

Freud decía: los fantasmas que asustan a la gente en las pesadillas son imaginarios; pero el miedo es real. La racionalidad pide que se disipe el miedo desenmascarando el vacío que hay detrás de ellos. Algunos intereses, en cambio, medran con el miedo y su triunfo está en lograr llevar a la gente a creer en los fantasmas más descabellados. Hablamos del Acuerdo sobre Cooperación nuclear para fines pacíficos con Australia.

Es cierto que hay quienes buscan aprovecharse del estado de postración de nuestra patria, como del de otros países del Tercer Mundo, para imponernos condiciones inaceptables, que debemos rechazar para recuperar una parte de nuestra dignidad y de nuestras esperanzas de ser, alguna vez, un país para toda nuestra gente. Pero no es ese el caso.

Es cierto que nuestro medio ambiente está amenazado por graves peligros: la reciente catástrofe ecológica en Galicia destruye cientos de kilómetros de hermosas costas y deja a miles de pescadores y operadores turísticos sin sustento; el efecto invernadero está produciendo estragos climáticos en todo el mundo; los bosques —entre ellos los nuestros— son destruidos para hacer de ellos efímeros campos arables y chips de madera; nuestra fauna marina es sometida a una sobrepesca que amenaza la ecología de los mares. Todos debemos estar alerta y salir en defensa de nuestro ambiente cuando sea necesario.

Pero no debemos dejarnos llevar por la histeria. Aunque en la imaginación de algunos, todo lo nuclear es el paradigma de un riesgo ambiental intolerable, en la realidad el riesgo ambiental de las aplicaciones pacíficas de la energía nuclear es ínfimo, en comparación con los impactos reales mencionados.

A pesar de eso, y por razones no enteramente comprensibles, muchos ambientalistas insisten en ocuparse casi exclusivamente de esa pretendida amenaza, a la que exageran fantásticamente. Es en esta óptica que debemos analizar el actual debate acerca del Acuerdo con Australia, debate en el cual estos miedos están siendo irresponsablemente explotados, por motivos que no son muy evidentes. Así, por ejemplo, se insiste en afirmar que en Ezeiza podría producirse un accidente como el de Chernobyl, con el fin de aterrorizar a los vecinos, quienes no han corrido ningún riesgo por la existencia del Centro Atómico Ezeiza durante décadas, y no han de correrlo porque allí se siga haciendo lo mismo que se hizo siempre.

En el 2000, INVAP ganó una licitación y firmó un contrato para construir un reactor en Australia. La obra está en plena construcción y se ha llegado a un 25% de su desarrollo. Este contrato es independiente del Acuerdo, que es un tratado entre naciones. El contrato es confidencial, como todos los contratos privados, pero ni los términos de la convocatoria ni el contrato mismo contienen "cláusulas secretas" como se suele afirmar. Tampoco compromete a la Argentina de ninguna manera a traer los combustibles gastados al país. Se pidió a todos los oferentes que ofrecieran alternativas para la gestión de dichos elementos, que se hace actualmente en Francia, y se seguirá haciendo allí, o en otro de los varios países que venden ese servicio.

La Argentina podría hacerlo, porque la CNEA posee las instalaciones y la tecnología para ello, pero, si ello resultase conveniente y rentable, ello sería objeto de otro contrato, de cuyos términos nadie hablará antes de una docena de años, así que es falso que se haya contraído compromiso alguno de traer nada al país. Y desde luego que está perfectamente claro, y los ambientalistas antinucleares lo saben cuando irresponsablemente agitan el espectro del "basurero nuclear", que los residuos deben ser devueltos a Australia.



Inventos y falacias

Como no existe un riesgo ambiental apreciable, algunos de los adversarios del Acuerdo lo inventan. Los que son más serios admiten que el terror provocado por aquéllos es injustificado, pero entonces invocan aspectos jurídicos, como en primer lugar la presunta inconstitucionalidad del Acuerdo. Pero la invocación del Art. 41 de la Constitución, que prohíbe el ingreso de residuos nucleares, no es ni remotamente tan "evidente" como se pretende. Por de pronto, el Acuerdo nada dice de que el famoso "acondicionamiento" deba hacerse en la Argentina, que solamente debería ocuparse de que el tratamiento sea hecho, aquí o en cualquiera de varios países que ofrecen ese servicio. Pero además, los combustibles gastados no son técnica ni legalmente residuos, como se afirma una y otra vez. Se suele descartar esta diferencia como un detalle técnico menor, pero, como los ambientalistas rechazan todo lo nuclear en bloque, les resulta fácil confundir cualquier material radiactivo con los tan temidos residuos. Un "experto jurista" llegó a afirmar que el Art. 41 prohíbe el ingreso de "materiales radiactivos". En su miedo irracional a la radiactividad confunde todos los materiales radiactivos en una sola categoría que desecha, olvidando que lo único que importa en todos ellos es que sean manejados con el cuidado que corresponde. Y ninguna categoría de materiales está sujeta a cuidados tan rigurosos como los radiactivos, justamente porque su manejo descuidado ofrece riesgos.

Si ese argumento no resulta, se suele decir que el Acuerdo condicionaría al país en cuanto a su propia política ante los residuos nucleares, provenientes éstos de las centrales de potencia que la Argentina opera. Ello también es falso, ya que se trata de cantidades totalmente diferentes, y aunque el país posee las instalaciones para tratar eventualmente los combustibles de los reactores de investigación como el australiano o algunos argentinos, las mismas no sirven para los combustibles de las centrales de potencia.

El siguiente argumento usado contra el Acuerdo es que "abriría las puertas" para hacer, en el futuro cosas aún peores. Además de ser un puro juicio de intención, esto tampoco es cierto, ya que cada tratado internacional y cada decisión legislativa es única e histórica, y este Acuerdo es enteramente específico en cuanto a su alcance.

Los que se oponen al Acuerdo, en especial los ambientalistas profesionales, hacen gala de un autoritarismo espeluznante, rayano en el totalitarismo. Dicen que hablan en nombre del interés común, pero rechazan indignados y desvalorizan las manifestaciones de apoyo al Acuerdo, como la que expresaron nada menos que todos los organismos de ciencia y tecnología del país, así como de más de media docena de Academias, entre las que se cuenta la de Ciencias del Ambiente.

El último argumento que se invoca, además de absolutamente falso, es el que juega con nuestros sentimientos de inferioridad, con nuestra desvalorización como país. Es un argumento insultante y revela un nivel de colonialismo mental realmente asombroso. Es aquel de que el ingreso de los "residuos" nucleares australianos a la Argentina habría sido una condición para obtener el contrato. Ya hemos explicado que esa afirmación es enteramente falsa. Con tal de argumentar contra un Acuerdo que asegura a la Argentina una posición entre los países generadores de tecnología, se da una vuelta completa y se nos reduce al nivel de presuntos receptores de basura, olvidando una vez más que estamos proveyendo el suministro de alta tecnología más importante para fines médicos e industriales solicitado por el sector científico australiano en toda su historia, haciendo la exportación de alto valor agregado más importante de la historia argentina y habiendo ganado una licitación contra Francia, Alemania y Canadá.

Queda así demostrado que aquellos que creen defender los intereses argentinos porque luchan contra una imaginaria contaminación radiactiva de nuestro país son víctimas de intereses que convergen en que la Argentina no pueda ser un país proveedor de productos de alto valor agregado, fruto de la inteligencia de los argentinos, para que éstos no deban emigrar para hacer valer su potencial creador.

Los enemigos del Acuerdo creen que defienden la Constitución y la soberanía nacional, mientras que luchan para eliminar a la Argentina de uno de los pocos rubros de la tecnología avanzada en la cual hemos logrado tener una verdadera competitividad internacional. En el momento en que el interés por la tecnología nuclear es cada vez mayor en el mundo, somos uno de los pocos países proveedores de instalaciones nucleares, cuyo mercado es enorme y lo será cada vez más. Y en esas circunstancias, el verdadero objetivo de los ambientalistas antinucleares, y algunos lo han dicho claramente, es la desaparición de INVAP y que Argentina renuncie a medio siglo de desarrollo nuclear independiente. Si los esfuerzos de los ecologistas tienen éxito, y lo logran, nuestros competidores habrán ganado una batalla, y la Argentina habrá dado otro paso hacia el Tercer Mundo.


CLARIN -TRIBUNA ABIERTA 19/12/2002
http://www.clarin.com/diario/2002/12/19/o-02301.htm

 
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